• Fiorella Levin

Preferiría no hacerlo



"Pero durante esos años empecé a hacer listas de títulos, a escribir largas líneas de sustantivos. Eran provocaciones, en última instancia, que hicieron aflorar mi mejor material (...) Las listas decían más o menos así:


EL LAGO. LA NOCHE. LOS GRILLOS. EL BARRANCO. EL DESVÁN. EL SÓTANO. EL ESCOTILLÓN. EL BEBÉ. LA MULTITUD. EL TREN NOCTURNO. LA SIRENA. LA GUADAÑA. LA FERIA. EL CARRUSEL. EL ENANO. EL LABERINTO DE ESPEJOS. EL ESQUELETO.


En esa lista, en las palabras que simplemente había arrojado al papel confiando en que el inconsciente, por así decir, alimentara a los pájaros, empecé a distinguir una pauta.

Echando a la lista una mirada, descubrí que mis viejos amores y miedos tenían que ver con circos y ferias (...)" - Ray Bradbury (Cómo escribir. Consejos de escritura)


Cuántas verdades hay acerca de la escritura. Compré este pequeño ejemplar luego de haber leído varios libros sobre técnicas, consejos, experiencias de los autores, etc rondando esta temática. Muchas cosas se repiten y también es igualmente cierto que descubro nuevos elementos a través de los aprendizajes que supieron capitalizar otros autores. En el ejemplo de arriba, Ray Bradbury realizaba una mezcla de listas a través de la asociación libre y confiaba asimismo que luego de un tiempo de repetir el trabajo -sentarse a escribir a diario- sobrevenía la relajación y ahí es cuando realmente afloraba lo que tenía para decir, porque ya no era la mente la que hablaba, sino el cuerpo.


Aún me sorprendo al descubrir la cantidad de autores que mencionan la correlación entre mente y cuerpo donde pareciera que, pasado determinado tiempo de estar sumergidos en la actividad, surge lo más auténtico, que para el caso del escritor es lo que realmente tenía para decir. Y hace otras analogías, les sucede a los deportistas con el cuerpo, toda vez que pulen la técnica y entrenan. La mente desaparece y aflora esa sabiduría del cuerpo, que tiene su propia inteligencia. Pasa también con pintores y músicos... estoy segura que ocurre en todas las profesiones y actividades porque en definitiva se trata de la intuición en acción, el cuerpo guiando a la mente.

Estos días también leí dos libros muy originales, el primero Bartleby, el escribiente, obra de Herman Melville es un relato muy corto acerca de un copista quien es contratado por un abogado para copiar documentos de su estudio, y cada vez que su jefe -el abogado- le pide algo, Bartleby contesta “preferiría no hacerlo”.


Con la obra de Melville llegué al escritor español Enrique Vila-Matas, autor de Bartleby y compañía, que en sus propias palabras es una compilación de notas al pie de página acerca de las excusas que encuentran los ágrafos para no escribir. Un prontuario de los Bartlebys que preferirían no hacerlo fundando sus motivos en todo tipo de motivaciones: "Hace tiempo ya que rastreo el amplio espectro del síndrome de Bartleby en la literatura (...) la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aún teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre", explica Vila-Matas. Lo llama la literatura del No (con mayúscula), "la de Bartleby y compañía".


Y no repara en pequeñeces como podría constituirlo hacer una pausa sino que menciona ejemplos, a mi criterio sorprendentes, de varios escritores que tal vez publicaron una obra y luego, por un comentario negativo de un familiar cercano, no escribieron nunca más; o de aquél que luego de haber escrito dos novelas tuvo un impasse de veinticinco años en los que no escribió- o publicó- absolutamente nada. Nombra, además, otros quienes luego de algunas publicaciones desaparecieron de la faz de la tierra (literalmente).


Tal vez me resuena en este momento porque de algún modo es la reafirmación de lo que ya pienso. Hace dos semanas que no escribía nada pero por mi parte no hay excusas, fui consciente en todo momento de que no lo estaba haciendo, coincido con Ray Bradbury en que cuando nos sentamos a escribir, rara vez tenemos del todo claro lo que vamos a decir. Hay autores que expresan exactamente lo opuesto, están convencidos de que hay que tener en claro lo que se quiere decir para luego bajarlo al texto, pero en mi experiencia sucede tal como describe Bradbury, la historia, el qué aparece una vez que comenzamos a escribir. Luego, mirando hacia atrás y volviendo sobre lo escrito, ahí es donde se puede pulir el texto y se encuentra la pauta que él menciona, el hilo conductor al cual terminamos de darle forma, incluso para una entrada de un blog. Y encuentro que constituye una analogía de la vida misma porque rara vez sabemos las cosas de antemano, podemos tener ideas genéricas, globales, pero rara vez cuando estamos comenzando lo que fuera, tenemos en claro donde vamos a terminar. Y por eso, la acción mata cualquier tipo de excusas que suelen vivir solamente en nuestra percepción de las cosas, o sea, en nuestra cabeza.





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