• Fiorella Levin

Duel(e)o

Casi seis meses sin aparecer por acá. El 2021 fue un año difícil para todos y en lo personal, me tocó atravesar un duelo muy duro, el de Simón, mi compañero canino durante casi catorce años. Cuando empezó la pandemia en Argentina, allá por marzo de 2020, pudimos disfrutarnos como nunca, obligados a quedarnos en casa durante todo lo que duró la cuarentena y fue él quien me acompañó en todo momento, cocinando, haciendo mis clases de gimnasia, escribiendo y publicando el segundo libro, trabajando, entre tantos otros momentos.


Para fines de mayo del 2021 comencé a notarlo decaído y luego de varios chequeos médicos, en el corto lapso de un mes se convirtió en un perro que lloraba a diario, rengueaba de una pata, no quería comer y entendí que se estaba apagando en caída libre, muy a mi pesar había llegado su momento. Fue un mes extenuante, en el cual mi vida quedó literalmente en pausa y mi energía pasó a estar dedicada completamente a él, noches enteras sin dormir, tener que alzarlo para que haga sus necesidades en la calle, abrirle la boca varias veces al día para que tome un arsenal de medicamentos. Por fortuna, también me acompañó un excelente equipo de profesionales que me indicó día a día cómo seguir, porque el cuadro empeoraba muy rápido.


El hecho de sentirme acompañada fue destacable ya que no solo se encargaron de revisarlo a él sino que tuve incontables charlas sobre posibles escenarios, información que yo desconocía sobre cómo evoluciona un cuadro como el que tenía él y también me explicaron que en las decisiones que yo tomara tenía que contemplarlo no solo a él sino también a mí porque el sufrimiento vendría para los dos y sería directamente proporcional al tiempo que durara la situación. En esas conversaciones y viendo la mala evolución de Simón, me hablaron de la necesidad de practicar una eutanasia.


Al principio me negué a la idea de hacerme cargo de una decisión como la muerte de otro ser, más tratándose de mi amado compañero. Aprendí cosas importantes desde la experiencia directa y tuve reflexiones profundas tanto en el durante como después de su partida. Una de las cuestiones que me resultó más llamativa fue la manera en la que designamos la eutanasia de un animal. A la alternativa formal de "practicar la eutanasia" también se agrega "sacrificarlo" pero el más recurrente y pareciera que socialmente cómodo (mayormente fuera de la veterinaria) fue nombrar la práctica como "ponerlo a dormir". ¿A dormir? me pregunté, eso no es dormir, eso es morir. Y esto me hizo pensar en la negación que todavía existe para hablar de ciertos temas que duelen hondo y que de algún modo siguen siendo tabú en lugar de considerarlos como lo que son: el final del proceso llamado vida.


Tengo muchas lagunas de aquél mes aunque algunas palabras y expresiones quedaron grabadas a fuego en mi memoria, como cuando la cardióloga me explicó que a diferencia del humano, los animales no se van solos. Quiso decirme que ellos ´aceptan´ todo lo que sucede en sus vidas y si aquello implica sufrimiento y dolor, también se entregan a eso, aguantando hasta las últimas consecuencias. Por ese mismo motivo, la eutanasia juega un rol tan importante en la vida de los animales. Y considerarme a mí dentro de esa ecuación fue muy importante porque respetaron mis tiempos y me acompañaron hasta que llegó el día, luego de un fin de semana de dolor extremo e insostenible, físico en el caso de Simón y de un profundo sufrimiento del alma en el mío.


Mi concepción acerca de la eutanasia cambió radicalmente. Siempre pensé que en el caso de los humanos es acertada, tanto en casos en los que el humano puede comunicarse como en los que no. Pero creía que la eutanasia en los animales era cruel porque implicaba decidir sobre la vida de otro ser vivo sin siquiera poder preguntarles si eso es lo que deseaban o si correspondía. Este pensamiento, hoy comprendo, fue un intento de humanizar lo inhumanizable. Entendí, en un curso acelerado de un mes y que luego confirmé con el correr del tiempo, que es más cruel dejarlos sufrir de dolor hasta las peores consecuencias que ayudarlos a partir. Desde ya que es un tema polémico pero en mi caso me dio una nueva visión sobre el amor, así se lo conté a él los días previos en que supe que esa opción era inevitable, cuando le expliqué que no quería que sufriera más y le conté cómo iba a ser el procedimiento.


A raíz de su partida sentí la necesidad de recuperar la inmensa energía tanto física como emocional que había destinado a toda la situación, rearmarme, estar un poco más entera para poder operar en la vida diaria. No tenía ganas de escribir ni de conectar con ningún proyecto aunque sí tuve ganas de sacar afuera la gran mezcla de emociones, sensaciones, palabras y vivencias que quedaron alojadas en alguna parte de mí y así poder comenzar mi duelo. Esta serie de nueve collages es el resultado de lo que pude canalizar estos últimos meses y refleja la compleja maraña de lo que viví, en ocasiones con palabras explícitas y en otras con simbolismos que ni yo termino de comprender. Solo se que fue muy liberador y que con eso me alcanza.



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