• Fiorella Levin

Mi sala de juego


Mis últimas creaciones jugando


Cada vez que quiero hacer un collage tengo que subirme a una escalera para alcanzar un estante alto donde guardo una caja inmensa, repleta de cosas que uso para crear: tijeras, trincheta, hojas de dibujo, revistas, postales, pegamento, regla, tabla para cortar, etc. Una vez que me apodero de ella, la deposito en la mesa del living, que previamente dejé libre de cualquier elemento que haya quedado encima. El desparramo es casi insolente y mi único atisbo de orden es una bolsa donde voy tirando los pedacitos de revistas que van quedando desperdigados por la mesa.


El proceso de crear un collage es algo que me entusiasma sobremanera, es una especie de ritual desde que gesto la idea mentalmente, desordeno, saco los materiales, pruebo combinaciones de imágenes, corto, pego, juego un buen rato mientras escucho música de fondo; hasta que termino de hacerlo, momento en que me dispongo a guardar felizmente las herramientas y que mi creación termine de secarse.


Hace rato me imagino que el día que me mude a un lugar más grande, quiero tener una habitación para jugar, la llamaría mi sala de juego. Fantaseo con amplias bibliotecas en las paredes, sillones cómodos para leer y una mesa bien grande donde pueda desplegar todos los materiales para hacer collage y eventualmente rompecabezas, que dejé de hacer justamente por falta de espacio. En algún rincón también quiero que cuelgue del techo una hamaca para balancearme cuando me den ganas de moverme. Y unos buenos parlantes, claro. ¿Por qué los adultos no tenemos una habitación para jugar? Es posible que aquél que cuenta con algo más de espacio que yo, tenga un cuarto destinado a escritorio u oficina que seguramente llama por ese mismo nombre y que se ve como algo así:



No, no se trata de personas aburridas, es que dejamos de jugar y nos volvimos serios. El escritor y dibujante Austin Kleon menciona la importancia de tener un espacio de trabajo digital y otro analógico, incluso en la misma habitación, pero en espacios separados (pueden ser dos mesas diferentes, por ejemplo). Está en el cableado del ser humano y por momentos necesitamos desconectarnos del trabajo y dejar que la mente se disperse y repose haciendo nada. Entre horas de trabajo y escritura, hacer collages me seda y me deja en un estado renovado que puedo volcar otra vez en lo primero, y de este modo, trabajo y diversión se retroalimentan.



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