• Fiorella Levin

La vuelta a los quince


Segunda ola de Covid-19, aumento de casos, hospitales que comienzan a estar al tope de ocupación. Y las inminentes restricciones que son anunciadas, salidas permitidas hasta las 23hs y luego la prohibición de circular entre las 00hs y las 06hs. Se siente redundante, incómodo, agotador, pero también necesario. Pienso qué afortunada soy que ya dejé mi adolescencia mucho, muchísimo tiempo atrás. Me compadezco de los jóvenes porque yo estuve en ese lugar, igual que todos, y no quisiera atravesar la pandemia con esa edad en la que tenés todo tipo de planes, querés hacer todos a la vez y no te importa la hora en que surjan. Creo que debe ser una edad muy difícil para atravesarla... bueno, ¿cuál no la es?


A pesar de las nuevas restricciones y que tenemos más del doble que quince años, mis amigas y yo queremos salir, tenemos muchas ganas de vernos además de un proyecto en común en puerta, lo que significa demasiadas cosas para hablar, a pesar de habernos visto hace una semana atrás. Vamos a un restorán que nos ofrece una reserva a las 21hs, llegamos, no solo el menú se puede ver desde el teléfono sino que la comida también se ordena a través del mismo. Pedimos, llega a los 10 minutos, la eficiencia más ansiada en un rubro de clientes ansiosos. Charlamos sin parar mientras cenamos, terminamos pronto. Se hacen las 22.30hs y cuando queremos pedir un postre y café, nos anuncian que están cerrando. "Pero ¿no era que nos podíamos quedar hasta las 00hs una vez ya sentadas?", preguntamos. Es correcto, pero nos contestan que ellos cierran igual antes. Hacemos un debate rápido, no nos da el tiempo para ir a tomar un café a la casa de alguna, aunque vivimos cerca, porque a las 00hs tendríamos que estar volviendo. Pero estamos las tres tentadas con una torta que vimos y queremos un café.


La decisión terminó siendo por unanimidad comprar el café y la torta para llevar. Pedimos tres tenedores descartables (de bambú!) y nos fuimos caminando hasta el auto con el que fuimos hasta ahí, que quedó guardado en un garage. Le explicamos al empleado del estacionamiento lo que nos acaba de suceder, queremos seguir conversando y no nos da el tiempo para ir a una casa, "¿te molesta si nos quedamos dentro del auto charlando mientras el reloj sigue corriendo?", le pregunto. El hombre comprende y accede. Nuestra noche termina radiante, improvisando una mesa con el apoya brazos del auto, acomodándonos en los asientos para vernos las caras de las tres, arañando tiempo del que tenemos permitido porque ese no se desaprovecha, cada encuentro vale oro.


Sigo sintiendo que por momentos esta pandemia no solo nos fuerza a ser flexibles sino a tomar decisiones rápidas como esta, donde hay que ponerse creativo para lograr lo más esencial y necesario, la posibilidad de conectar entre nosotros y tener ese necesario contacto cara a cara.




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