• Fiorella Levin

Vicio - Día 12

La consigna de hoy me resultó indiferente, tal vez porque la hice a las apuradas. Va la explicación con el video de quien la propuso:





Vicio


Es extraño. Pasaron quince días y recién ahora noto algo distinto. Los primeros días fueron fáciles, el cansancio de siempre lo mismo, la sensación física tan desagradable. Igual que todas las veces que toque fondo después de comer a reventar, empezar la dieta el lunes siempre fue sencillo. Lo difícil es el lunes de la semana siguiente, cuando se cumplen los quince días. Tengo una teoría y es que la primera semana tiene el efecto del rechazo físico, después de tanto tiempo de excesos. Y por eso los primeros días son fáciles. Pero la desintoxicación real ocurre después. Con la comida además puedo hacer trampa, pecar con lo que la nutricionista llama mis permitidos. Pero acá no hay grises, esto es distinto, ahora me doy cuenta.


Pensé en diferentes momentos del último tiempo porque en todos me recuerdo de la misma forma. Para ayudarme, recurrí a las fotos viejas que guardo en el armario, saqué la caja que contiene una mezcla de los últimos diez o quince años y empecé, ahí apareció una del 2017, vacaciones en Mar de Ajó, parado en la orilla del mar junto a Katy, mi mano sostiene un cigarrillo apagado. Un almuerzo familiar, por las caras debe ser de los primeros años del 2000, todos sentados alrededor de la mesa, los platos todavía limpios y yo en el fondo, dando una pitada. Fotos sueltas en el patio de casa, leyendo el diario en la reposera amarilla, el cenicero a tope en el piso a mi costado. Busco más atrás en el tiempo, en el reverso de una imagen que sostengo se lee escrito en birome “Salta capital, 1995”, debo tener veinticuatro o veinticinco años y ahí estoy otra vez, parado en medio de una calle vacía con los cerros de fondo y un cigarrillo prendido en la mano.


Una vida entera fumando siempre a tope, un atado, atado y medio de cigarrillos por día. La gente me preguntaba cómo hacía para fumar tanto, porque no le daban las cuentas. Pero la cuenta es simple, desde el momento que abría los ojos al despertar y hasta el instante en que apagaba la luz, lo primero y lo último, siempre fue apagar un cigarrillo.


Apenas quince días pasaron desde que dejé este hábito, no fue por asco o cansancio porque creo que hay pocas cosas que me gustan tanto como prender un cigarrillo. Fue el susto que me dio el médico cuando al ver la radiografía me dio su veredicto. De algo hay que morir pero según dijo estoy a tiempo para evitar la muerte por un cáncer de ese tipo, “y señor a usted todavía le quedan muchos años de vida, hágalo por su familia”, agregó.

Decía que la primera semana fue simple, me entretuve haciendo montones de cosas además de trabajar todo el día metido en el estudio. Hasta empecé a caminar una hora por día, todas las mañanas. Pero esta segunda semana algo cambió. No se si es que habrá pasado la novedad, o el hecho de que ya lo sabe casi todo mi entorno y la sorpresa dejó de serlo. Pero lo cierto es que no me hallo, me falta algo, demasiadas horas sosteniendo lo mismo, una y otra vez. Entrando a una fiesta, era el cigarrillo el que anunciaba mi llegada. Leyendo un libro, tomando un café. Ahora me pregunto quién se supone que es este que viene tan desnudo.