• Fiorella Levin

Vendaje solidario

Lunes, día bueno, saludable, productivo, de esos donde suceden cosas y avanzo en mis proyectos, qué alegría. El día transcurre sin mayores problemas laborales y logro completar todas las tareas que me propuse. Son las 16.30hs y me levanto de la silla donde escribo para ir descalza a la cocina a preparar mi merienda temprana ya que a las 19hs voy a correr y quiero evitar hacerlo con el estómago lleno. Pongo agua a calentar para el mate, saco unas galletas de arroz y veo que la pileta tiene algunos platos sucios del mediodía que aún no lavé y el escurridor está a tope con la vajilla que sí lavé esta mañana. No me gusta tener cosas sucias en la pileta así que me propongo ordenar y mientras con una mano guardo un plato en el compartimento que se encuentra arriba de mi cabeza, con la otra agarro la tabla de madera que usé para picar verduras y cuando la estoy acomodando en el compartimento de abajo no logro ubicarla a tiempo en el estante y se me resbala de la mano, cayendo directo y sin escalas en mi dedo chiquito del pie.


No tengo dudas que el alarido que pegué se escuchó en Japón y al instante pensé que me lo había roto porque no podía apoyar ni el talón, en seguida comenzó a hincharse y a ponerse rojo y luego violeta. Llego saltando hasta mi habitación, me desplomo en la cama mientras pienso "¿qué hago?", se me cruza el entrenamiento, especulo si llegaré o no, la merienda que dejé preparando en la cocina, pienso si necesitaré ir a una guardia y también me pregunto ¿cómo saberlo? Afortunadamente soy resolutiva y creo que estas cosas pasan porque toca frenar, no hay nada más gráfico que cualquier tipo de accidente, porque literalmente uno tiene que abandonar abruptamente lo que sea que estaba haciendo y poner toda su atención en eso. Eso sí, batallo con mi cabeza porque odio frenar cuando no es por voluntad propia. Así que decido que voy a esperar hasta las seis, margen de tiempo suficiente para merendar, ponerme hielo, ver si se deshincha, probar si puedo caminar y especular si llego al entreno de las 19hs o si en lugar de ello, tengo que ir a una guardia a hacerme ver.


Se hacen las 18hs y en vez de un dedo chiquito tengo dos dedos gordos, uno en cada extremo del pie, por lo tanto y a pesar de mi enfado por tener que frenar y abandonar lo que tenía planificado, le doy una vuelta rápida a Simón, lo alimento y me voy rumbo a una guardia médica. Como en todos los lugares donde puede haber una espera hipotética, antes de salir agarro uno de los libros que estoy leyendo pero pienso rápido y sé que si me duele el pie y encima tengo algo roto voy a estar de mal humor (léase, voy a llorar de la bronca) así que cambio el libro de Gretchen Rubin por uno que aún no empecé de Kurt Vonnegut que, con su humor sarcástico, no puede fallar.


Después de una larga espera en la sala del hospital en la que solté varias carcajadas cortesía del señor Vonnegut, me hacen una placa y en seguida salta a la vista una fractura en una falange de mi pequeño dedo herido y la médica me explica que tendré que hacerme un "vendaje solidario" durante los próximos 20 días en los que tampoco podré hacer deporte. Salgo eyectada porque ya son las 22.30hs, quiero llorar aunque aún estoy riendo (gracias Kurt!), no cené, estoy cansada, me duele el dedo y puedo caminar menos que antes. En casa me recibe mi perro que quiere salir otra vez a dar un paseo, lo bajo rápidamente, me preparo una ensalada, lloro de impotencia, repaso los acontecimientos en mi cabeza. Googleo "vendaje solidario" porque me llama la atención el nombre y la curiosidad no se me va ni golpeada, me sonrío cuando comprendo que se debe a que se trata sencillamente de vendar con cinta el dedo lastimado junto al dedo vecino, que vendría a ser el solidario que ayuda al herido a mantenerse inmovilizado. Estas cosas me dan mucha gracia y le agradezco a mi dedo solidario por ayudar a su vecino.


Pasa un rato, hablo con dos amigas que me bancaron en el minuto a minuto (gracias Jo, gracias Florita!), hablo con un amigo, arreglo dos salidas para tomar vino en la semana porque si no se puede entrenar, entonces beberé alcohol! Pero lloro desde que me subí al auto de regreso, estoy muy enojada porque se perfectamente que este accidente es producto de una bronca que no exterioricé como debía un día antes y aunque la persona que disparó mi enojo recibió mi educado descargo (fue demasiado educado, no estoy siendo irónica) y está al corriente de mi molestia, me quedaron cosas por decirle.


Sigo molesta, especialmente por el hecho de no poder hacer deporte durante 20 días, me acuerdo que el día anterior a la fractura, el domingo, por primera vez después de muchos meses, volví a correr un fondo y completé 10km con la idea de ir aumentando la distancia como hacía cuando preparaba una carrera. Me despedí con esos 10km hasta el próximo entreno, sé que pasa rápido, se que no es grave, pero.. ay! este dolor disfrazado de maldita bronca.


Cambio, cambio, cambio. Es uno de los grandes temas que toco siempre y a pesar de tenerlo tan presente en mi vida, cuando aparece de forma inesperada no deja de provocarme un cúmulo de sensaciones y emociones que en muchos casos, como este, me desagradan. Cambiar mis planes abruptamente y ocuparme de hacer cosas que me resultan tediosas. Y como decía antes, se que frenar tiene un propósito, toca revisarme y sentir lo que no pude sentir el día anterior, que salga de mi sistema a modo de purga emocional. Y también, como me dijo mi gran amiga Flori a modo de recordatorio, toca no procesar tanto para no quedar en ese pantano emocional, verlo y reconocerlo es importante, que no pase desapercibido, sentir. Y luego, solamente seguir adelante.




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