• Fiorella Levin

Vamos viendo

Mi amiga está cansada, muy cansada. Tiene treinta y seis años, trabaja hace quince en el mundo corporativo, está soltera y no tiene hijos. Lo que sí tiene es una cuota importante de curiosidad y una hermosa cantidad de inquietudes acerca de la vida, de las cuales compartimos varias. Tiene sueños, no se si son grandes o pequeños, pero son de ella. Hablamos de sus ganas de ayudar a otros, de sentirse útil en su empleo, de saberse reconocida por todas las horas que invierte en su trabajo extenuante porque en el marco de esta pandemia no solo se esfuerza como antes sino que lo hace por demás y se dio cuenta que no quiere pasar el resto de sus días trabajando para una empresa donde no es valorada como cree que debería serlo. No quiere un trabajo en el cual su aporte se limita a cumplir con la burocracia empresarial, en lugar de aprovechar sus talentos para lo cual originalmente fue contratada. "Es todo una gran mentira, Fi", me dice cada vez que hablamos. Entonces sus grandes sueños de pronto hoy se reducen a disponer de tiempo, tiempo para pensar qué quiere hacer en un futuro no muy lejano, y paradójicamente cuando lo tiene, en esas cortas cuarenta y ocho horas que dura el fin de semana, está tan agotada que solo quiere dormir, dejar atrás la semana y recargar energía para el lunes, y reiniciar el ciclo que se repite.


También hablo con mi amigo, apenas dos años más grande que ella. Sus vidas son muy similares con la diferencia que él vive en Alemania, está casado y tiene un hijo pequeño. Nos mandamos audios por whatsapp para intercambiar opiniones y en los más recientes me cuenta que está agotado, no tanto por el trabajo en sí sino por la misma sensación que tiene mi amiga, esa que salta como una alarma interna que le dice que lo que hace no aporta nada, no encuentra sentido, tampoco es reconocido y no halla motivos para seguir donde está.


La historia no es muy diferente entre las personas de mi edad. Tampoco estoy segura que se trate de una cuestión etaria pero lo que sí creo es que hay algo profundo que se viene gestando entre las nuevas generaciones y que constituye un nuevo paradigma en este sentido. Hace unos años, fuimos con mi socia de entonces a una reunión en una empresa importante del rubro petrolero. La responsable de recursos humanos de la compañía nos contaba que el perfil de empleados que tenían eran mayormente jóvenes ingenieros, apenas egresados de entre 23 a 25 años y el problema más grave que sucedía es que no encontraban forma de retenerlos. Les ofrecían excelentes condiciones de trabajo en cuanto a horarios, flexibilidad para terminar sus estudios, pasantías pagas en el extranjero y sueldos que en ese entonces ya eran el equivalente al sueldo de hoy de un gerente o incluso mayor. "No hay caso", nos decía esta persona, "año tras año sumamos nuevas y mejores condiciones de trabajo y aún así se terminan yendo, renuncian para irse a cosechar manzanas a Nueva Zelanda o para tomarse un año sabático y recorrer el mundo".


Recuerdo que salí de esa reunión sonriendo, posiblemente porque a su edad yo sentía lo mismo, a pesar de que hice "lo correcto", y si bien no puedo quejarme porque viajé y me divertí bastante, también me quedé en varios trabajos donde no fui feliz, creyendo que debía tolerarlos porque "así es la vida y a veces toca hacer cosas que no nos gustan".


Me llamó la atención que en el último tiempo leí historias de varios jóvenes que tal vez realizaron un aporte significativo a la ciencia con tan solo veinte años, o desarrollaron una app con un impacto enorme en términos de la magnitud del problema que resolvieron y el número de personas afectadas por el mismo. Y pienso que son estos mismos jóvenes, que hoy son los hijos de esos padres que trabajaron con el modelo de las "9 a 18hs" y a un ritmo frenético, quienes lograron conectar con algo que los movilizó vaya uno a saber cómo; quizás se trata de una cuestión biológica o tal vez es producto de observar la vida que eligieron sus padres y el deseo de hacer las cosas de otro modo. O será el ímpetu por descubrir la vida con otra velocidad, sin importar el mañana. Como sea, lo que para mí es un hecho es que no van tras el dinero ni una carrera. Son los que, como se dice hoy, "van viendo". Como todas las cosas, tiene su lado luminoso y su lado más opaco, muchas personas opinan que serán una generación perdida y dejando de lado la cuestión fundamental sobre las posibilidades -que es un hecho que son pocas para quienes ya no las tenían entonces- me pregunto si no será que muchos de ellos logran cosas a una corta edad porque hacen lo que realmente tienen ganas de hacer.


Keiko Furukura trabaja en una tienda como dependienta, tiene 36 años, está soltera y no tiene hijos. Desde chica, es una mujer distinta pero en la sociedad, ser distinto es sinónimo de ser raro, de salirse de una norma esperable y eso tiene una connotación negativa. Keiko encuentra seguridad siendo empleada de la tienda porque sabe cómo debe comportarse y al hacerlo, la sociedad la acepta. "La tienda disponía de un manual impecable y me desenvolvía muy bien como dependienta, pero no tenía ni idea de cómo ser una persona normal en un lugar sin manual de instrucciones", dice un pasaje del libro de la autora japonesa Sayaka Murata. (...) "Por la mañana volvía a convertirme en una dependienta, un engranaje de la sociedad. Aquel trabajo era lo único que me permitía ser una persona normal". En ese trabajo conoce a Shiraha, un hombre que también es diferente como ella, que se rehúsa a adaptarse al sistema pero que padece sus consecuencias al igual que Keiko.


-"No ha cambiado nada desde la Edad de Piedra. Al fin y al cabo, seguimos siendo animales (...) si quieres que te sea sincero, este mundo sufre una grave disfunción. Como es un mundo incompleto, yo recibo un trato injusto", le dice Shiraha a Keiko en un intercambio durante el horario laboral. "Este mundo no admite cuerpos extraños. Siempre he sufrido por lo mismo (...) Si no puedes seguir el ritmo de los demás, estás perdido. ¿Por qué trabajas por horas si tienes más de treinta años? ¿Por qué nunca has salido con nadie? Incluso te preguntan por tus experiencias sexuales como si fuera lo más normal (...) No molesto a nadie, solo formo parte de una minoría y, a pesar de ello, se creen con derecho a violarte", comenta Shiraha.


Pienso que estamos en el comienzo del fin de la era de los Keikos y los Shirahas que deben adaptarse a un sistema que los expulsa y cuyas reglas no aplican para ellos. Keikos infelices que prefieren sostener trabajos indeseados con tal de pertenecer, y Shirahas igual de infelices que se rebelan contra el sistema pero que siguen siendo incomprendidos y por tanto marginados, excluidos. Oportunamente intenté ser una Keiko y no pude sostenerlo pero me mantuve siendo Shiraha un largo tiempo (aun lo soy por momentos), con esa sensación de estar excluida, en los márgenes de la sociedad al no encajar, por el solo hecho de sentir o pensar distinto.


Y por eso aliento a mis dos amigos para que, dentro de sus posibilidades, persigan su deseo, ese que tienen hoy. Que no se dejen consumir por un trabajo que no los gratifica, no hace falta mandar todo al demonio, se puede trazar una ruta en paralelo que tan solo consista en descubrir aquello que hoy los mueve. Pienso que de esa forma, habrán cada vez más jóvenes y también adultos que realicen descubrimientos con impacto o que sencillamente amen y disfruten lo que hagan.


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