• Fiorella Levin

Sobre el amor romántico

El tema de las relaciones románticas está siempre rondando mi círculo de amistades y conocidos. Recientemente tuve dos conversaciones muy distintas, con dos mujeres hermosas e independientes, que me contaron una historia sobre una relación de pareja.


La primera charla la tuve en el consultorio de Silvi*, una mujer de 47 años que cuando surgió el tema de su pareja y le pregunté en qué situación estaba, me comentó que salía con un hombre algo mayor que ella, con quien no habían formalizado (léase, no había rótulo de novios) aunque llevaban juntos más de un año, y en seguida me llamó poderosamente la atención que se refirió a él como mi peor es nada. Como la veo una vez al mes, en cada ocasión que nos veíamos me actualizaba acerca de las novedades con respecto a su peor es nada. Durante nuestro último encuentro, estaba enojada porque había sido su cumpleaños y debido al contexto de pandemia, en lugar de celebrarlo con muchas amigas al igual que en años anteriores, le dijo a su "pareja" que quería estar con él y lo invitó a pasar un fin de semana en un hotel de campo, que decidió pagar ella. Hasta ahí todo espléndido pero a los pocos días cumplía años él, ella se ofreció para organizarle un asado para él y sus amigos pero como caía durante un fin de semana largo, él prefirió volver a su pueblo natal a pasarlo con su familia... y no la invitó. En seguida comprendí su enojo y su molestia y, con su permiso, también le hice preguntas sencillas como si le había explicado su bronca, y otras un poco más reflexivas, como qué la mantenía en esa relación. Pero más allá de sus respuestas, su conclusión final fue que los hombres son todos iguales.


Cambio de escenario. Otra mujer, Paula* de 39, me cuenta que estuvo diez años casada con un gran hombre con quien tuvo una hija y que luego de un tiempo en que la relación se estancó decidieron separarse, con dolor pero adultamente. Como toda separación, la suya también fue difícil emocionalmente hablando, sumado al hecho de que fueron muchos años compartidos y con una hija en común. Al año, ella conoce otro hombre, trece años menor, quien en ese entonces aun vivía con su madre, hecho que a ella no le importó. Luego de tres meses de estar saliendo, formalmente de novios, se enteró que él la había engañado con otra mujer. Cuando me cuenta cómo resolvió la situación me sorprendí bastante porque en primer lugar, se tomó tiempo para pensar lo que quería hacer en lugar de reprocharle lo que había hecho. Me explicó que en ese momento, sentía que debía aprender algo más de esa relación y que luego de unos días separados en que él se mostraba arrepentido, llamó a su novio para conversar y eligió seguir con él. Cuando le pregunté cómo hacía para confiar en él me contestó que luego de varios meses y aunque su relación navegaba buenas aguas, no había recuperado la confianza por completo pero tampoco apostaba a un futuro con él sino que elegía estar en esa relación día a día, porque venía aprendiendo muchas cosas, especialmente de ella misma. Y agarrando su celular, me dijo algo que me pareció muy gráfico, "mi límite es esto" dijo señalando el celular, "si en algún momento siento la necesidad de chequearle el celular, es porque ya está", fueron sus palabras.


Dos situaciones muy distintas pero ¿dónde está la diferencia real? A medida que nos observamos comprendemos que todas las situaciones nos reportan un beneficio, aunque no seamos conscientes de ello. Un ejemplo muy claro es cuando hacemos caridad, situación en la cual pensamos o nos decimos a nosotros mismos que lo que estamos haciendo es por el otro cuando, el primer beneficiario de dichas acciones somos nosotros. Es a nosotros a quienes dar u ofrecer nuestro tiempo nos hace sentir bien, los motivos pueden variar según la persona, pero el beneficio siempre está presente. Para alguno será sentirse útil mientras que para otro puede ser sentirse poderoso, por poner dos ejemplos.


A mi entender, la actitud de la pareja de Silvi fue un acto de desprecio y si luego de expresar nuestra molestia vemos que el otro no está dispuesto a enmendar lo que para nosotros es un error entonces no podemos responsabilizarlo por ser como es porque uno también está eligiendo eso para su vida, uno elige quedarse en las relaciones donde está y los vínculos jamás son unidireccionales y digo jamás rotundamente porque los intercambios son siempre un ida y vuelta. Decir que todos los hombres son iguales es una forma de justificar mi permanencia en esa relación porque equivale a decir que como son todos iguales, hay que tolerar este tipo de cosas porque no hay alguien que las haga como yo creo que me merezco. Y aunque visto en este pequeño e ínfimo acto puede parecer una exageración, ahí es donde se siembra la semilla de las llamadas relaciones tóxicas, en la acumulación de estas pequeñas "nimiedades" que dejamos pasar. Acá es donde las mujeres no podemos echarle la culpa al patriarcado y donde somos nosotras también las que debemos responsabilizarnos por nuestras propias elecciones, aunque no sea nada fácil. Por eso pienso que recriminar o reprochar no sirve sino que necesitamos aprender a decir las cosas que nos molestan sin exigirle al otro cómo debe proceder y desde ahí observar si nuestros valores están alineados con los de aquella persona, porque también es un hecho que muchas veces el otro tiene actitudes que nos molestan pero tal vez no se dio cuenta de lo que hizo o incluso que está dispuesto a enmendarlo.


La situación de Paula, la segunda mujer, para mí es muy clara porque muchos serían terminantes frente a una infidelidad pero lo importante, a mi criterio, es nuevamente tener claridad sobre lo que esperamos y lo que aceptamos. En su caso, ella sabía que su confianza fluctuaba pero también conocía el límite para declarar el basta y poner un punto final. En su balanza, al momento de esta historia, pesó más seguir aprendiendo de esa relación que la infidelidad.


Un último ejemplo, que es mío. Tuve una relación muy importante (diría que la más importante), cerca de mis veinte años, en que salí con un hombre a quien quise mucho. Luego de un tiempo de novios nos dimos cuenta que a pesar del profundo amor mutuo que nos teníamos, la relación no funcionaba y decidimos terminarla. Mucho tiempo después, la vida nos reencontró, adultos, más maduros, él divorciado hace tiempo y con hijos y ambos con un aprecio por el otro que seguía intacto. Por gente en común, sabíamos a la distancia de la vida del otro y nos habíamos cruzado en la calle recientemente. Como estábamos los dos solteros, le escribí al mes de ese encuentro espontáneo haciéndole saber que tenía ganas de verlo y le propuse salir a tomar algo. En seguida me respondió no solo que sí, sino que me propuso vernos al día siguiente. Quedamos en encontrarnos cerca de las siete de la tarde pero no acordamos dónde y cuando llegó el día, siendo las seis aún no había aparecido entonces tomé la iniciativa una vez más y le escribí pero no me contestó. Recién a las siete y media (es decir, media hora después del horario que habíamos acordado vernos y una hora y media más tarde de mi primer mensaje) apareció diciendo que se le había hecho tarde, que estaba cansado y me proponía vernos la semana siguiente. Ni siquiera se disculpó y me chocó de frente verme prolijamente vestida y maquillada, lista para encontrarme con él, plantada de semejante forma. Le pregunté si no se le había ocurrido llamarme para, mínimamente, avisarme que no iba a llegar pero sus respuestas evasivas me confirmaron que algo le había pasado, decir exactamente qué sería hipotetizar, tal vez se arrepintió, se dio cuenta que no tenía ganas, le dio miedo, conoció alguien la noche anterior... quién sabe, lo que yo sí sabía era que no me interesaba salir con una persona que en un momento fue tan importante para mí, que tenía tan poco respeto por mí y por lo que en algún momento significó nuestra relación, entonces borré su contacto en lo que para mí simbolizó eliminar lo que quedaba de esa persona en mi vida. Fui terminante porque con su accionar tocó uno de mis límites.


Por acción u omisión, aceptamos lo que toleramos y eso nunca es responsabilidad de una sola persona, el otro puede proponer y marcar sus límites pero es uno quien los acepta o los rechaza. Si decidimos aceptar menos de lo que creemos que merecemos entonces eso es un acto de desprecio para con nosotros mismos y no podemos esperar que el otro haga algo que nosotros mismos no hicimos para con nosotros mismos, somos cómplices de esas actitudes y al tolerarlas, nos convertimos en parte de ese sistema, de ese modo de funcionar.


Siempre hablo del trabajo interno, en uno mismo, que por momentos suena a cliché de Instagram porque también está muy vapuleado y mucha gente considera que ir al parque a mirar el cielo es hacer trabajo interno. El trabajo interno real suele doler porque se hace sobre las heridas y eso nunca es agradable ya que implica revisarnos profundamente, meter el dedo a fondo en esa llaga que sigue abierta o volver a abrirla si un tema se repite una y otra vez y no lo resolvemos... y si no está resuelto posiblemente quiere decir que hasta este momento lo que hicimos fue taparlo. Pero el beneficio de mirar adentro es algo muy enorme y es que una vez que comprendimos e internalizamos aquello, cuando se vuelve a presentar una situación similar, no solo la reconocemos fácilmente sino que también aprendemos a poner límites y a elegir qué estamos dispuestos a tolerar y qué ya no.


"Conviene asumir también que la felicidad no significa placer ni éxito ni ausencia de dolor y de frustración. La felicidad es otra cosa: una sintonía con el aroma del ser esencial y con la fuerza de la vida, un sí incondicional a todas sus dimensiones, un vivir conforme a nuestras predisposiciones y un entablar vínculos ricos y significativos con los demás. Entonces, si sabemos que no podemos pedir la plena felicidad a nuestra pareja, ¿quién es ese que, en nuestro interior, la reclama y se empeña en encontrar exigencias y argumentos desdichados porque la realidad no se asemeja a sus sueños? ¿quién escribe intensos dramas con brillantes aunque fatales argumentos? Pues ni más ni menos que el niño que sigue vivo en nosotros". - Joan Garriga, El buen amor en la pareja.



*el nombre está cambiado para preservar la identidad


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