• Fiorella Levin

Seis pisos - Día 4


En la puerta del departamento donde vivíamos, en algún cumpleaños de mi hermana



Tal como sucedió con el mundial anterior, algunos días no me gustan las consignas para escribir. Este día fue uno de esos días. La consigna fue esta:


"Elijan cinco libros de su biblioteca: escriban los títulos y los motivos por los que los eligieron. Quédense con uno solo. Escriban un texto que sea la intersección de la trama de ese libro y la historia de cómo ese libro impactó en ustedes, construyan una trama que tenga que ver con ustedes".



Seis pisos


Una madre enferma que le deja sus diarios personales a la hija para que conozca más acerca de ella una vez muerta. Un edificio pequeño aunque repleto de personajes únicos. Mientras leía a Mariana Sández en esa casa llena de gente, recordé el edificio donde crecí, aquel donde pasé la mayor parte de mi infancia y adolescencia. Era una vivienda chica, de pocos pisos, lo que implicaba también pocos vecinos. Vivíamos en el tercero, el departamento era amplio y el frente del mismo estaba conectado por un pasillo con las habitaciones que daban al fondo, cuyo contra frente también respiraba hacia un pulmón de manzana donde yo espiaba a los mismos vecinos de siempre. En aquel pasillo había una ventana grande por donde se filtraba mucha luz cada mañana, cortesía de la medianera baja que lindaba con el edificio de uno de los laterales. En el primer piso vivía una familia con hijos de edades similares a la de mi hermana y mía pero ellos, a diferencia nuestra, eran tres. La madre era una señora extraña, tenía un andar cansino y hablaba muy ocasionalmente, me daba la sensación de ser una persona aburrida, de la vida y de ella misma. El marido portaba en su rostro una expresión de nada pero sabíamos que tenía carácter porque una vez dentro de su casa, los gritos dirigidos a sus hijos se escuchaban del primero hasta el tercero por ese patio interno, donde el eco de su voz retumbaba en las paredes hasta el sexto y último piso. Tenían una tortuga cuyo hogar era ese patio y al atravesar el pasillo, me detuve varias veces a observar su lenta caminata.


En el piso de arriba vivía un matrimonio cuyos hijos ya habían partido del hogar familiar. La mujer y mi mamá eran amigas, igual que Gloria y Leila (los personajes de Sández). Habían estudiado juntas la misma carrera y también las dos ejercían la profesión en sus respectivas casas. A veces Marta bajaba a tomar un café con mamá y otras, era ella quien subía un piso y se quedaba ahí un buen rato, conversando con su amiga.


En ese edificio no hicimos amigos como sucedió con los hijos de Leila pero sí desfiló un zoológico porque en todos los años que vivimos ahí tuvimos tres perros, un gato, dos cobayos y varios hamsters y canarios. Mamá tenía locura por esos canarios, que siempre vivían de a dos, cada uno en su jaulita, porque apenas los destapaba por la mañana comenzaba un canto hermoso, interminable. También recuerdo su pena cuando moría alguno porque en seguida, al poco tiempo, moría el otro y según mamá era de tristeza. Ella les hablaba y les decía cosas lindas y les agradecía por su canto. Mi cariño se enfocó en los perros porque podíamos interactuar y también recuerdo la velocidad con la que caminaban los cobayos cada ocasión que con mi hermana les abríamos las puertas de sus jaulas y circulaban libres por todo el departamento. Y mamá chillaba detrás nuestro porque a su paso iban dejando un regadero de excremento.


Papá volvía tarde de trabajar y alguna vez en el mes hacía una parada por la bombonería del barrio y nos sorprendía con una bolsa de maní con chocolate que duraba poco porque siendo cuatro nunca alcanzaba.


Mi hermana mayor fue la primera en irse y ya nada fue igual. Al poco tiempo partí yo y entonces aquel departamento familiar quedó demasiado grande para mis padres que luego de todos esos años, al fin vendieron y cuyos recuerdos quedaron solo y para siempre en sus cuatro moradores.