• Fiorella Levin

Qué incluir, esa es la cuestión



Lunes 31/5, me subí al barco otra vez porque ese día empieza el tercer Mundial de escritura, una competencia que dura doce días durante los cuales es preciso escribir un texto a diario. Se juega en equipo y las consignas son muy divertidas. Acá están las consignas y mis escritos de todo el Mundial que se jugó el año pasado. Me inscribí otra vez porque estos días me cuesta escribir, voy a explicarme mejor porque no me cuesta en el sentido en que la mayoría de los escritores dicen que les cuesta (se editan porque consideran que lo que escriben es malo, se detienen frente al monitor con la página en blanco y de allí en más no logran avanzar, etc). Mi me cuesta hace referencia al foco de la escritura. Cada vez que me siento a escribir, mis manos se desplazan casi de forma automática por el teclado, no temo la página en blanco, pero sí por momentos tengo la sensación de que no encuentro el foco de lo que intento decir. O tal vez será que no sé bien lo que quiero decir (y lo termino descifrando cuando ya terminé de escribir y repaso lo escrito). Cada vez que leo libros se me ocurren ideas que anoto, pero luego tal vez esa idea vuelve a reconectarse con algo que ya dije -y puse por escrito- en otro momento. Es entendible, la mente de quien escribe es la misma, la mía, y las asociaciones están en relación con mis ideas. Será que temo repetirme, no lo sé.


Vengo hace rato reflexionando bastante acerca de los formatos de escritura, de la amplia variedad que hay para señalar algo. Voy a lo concreto, esta semana terminé de leer un libro de Enrique Vila-Matas (el cual ya mencioné en otro posteo pero en ese caso lo hice acerca de los que dejan de escribir, el tema principal del libro) sobre lo que el autor llama “los escritores del No”. Es una “novela ensayo”, tal como leí por ahí ya que quien narra la historia no es el propio Vila-Matas sino un personaje que forma parte de la novela. Este hombre nos cuenta que está escribiendo una obra sobre los escritores que decidieron dejar de escribir y nos describe las búsquedas para llegar a esas historias, además de contarnos cada historia. Son “notas al pie”, tal como las denomina él, sobre los Bartlebys, esos seres que eligieron desconectarse y/o retirarse de la vida y cuyo nombre es una alusión al personaje de Herman Melville, pero en el libro de Vila-Matas sus personajes (escritores reales) se desconectaron específicamente del acto de escribir.


Encuentro sumamente interesante y por demás original, que este autor haya dedicado un libro entero a catalogar estos Bartlebys, cuyos motivos-excusas para dejar de escribir son de lo más elocuentes. Y más allá de los motivos, lo que me parece destacable (además de la amplia investigación que debe haber llevado a cabo Vila-Matas para engendrar este libro), es que en vez de escribir un libro acerca de los escritores que decidieron dejar de escribir, el autor prefirió armar una novela que incluye las “notas al pie”, casi noventa breves historias, una por cada escritor que dejó de escribir, contando el suceso que los llevó a tomar tal decisión. Me parece desopilante que a alguien se le ocurra escribir un libro sobre los motivos que llevaron a diferentes escritores a dejar de escribir.

Por otro lado, no deja de llamar mi atención que en el último tiempo vengo poniendo mi foco en las formas, en las técnicas y herramientas que se mezclan para crear algo, en el vasto mundo de la creatividad a la hora de escribir. Me interesé bastante por obras que, lejos de constituir novelas tradicionales o libros que exponen una técnica o un aprendizaje específico, se encuentran en la intersección de varios mundos, los unen y borran las fronteras entre ellos. Libros como los de Lynda Barry, Austin Kleon, Nick Cave o los diarios personales de José Naranja. De este grupo particular de libros que me interesan, esos mundos se componen de dos elementos, por un lado un elemento escrito y por otro, uno visual, a veces con mayor preponderancia de alguno (como Lynda Barry que dibuja y a través de sus dibujos es que cuenta historias). En efecto, en mi propio proceso creativo, lentamente fui incorporando collages que, comprobé, refuerzan junto al texto lo que quiero decir cuando escribo, aunque solo se trate de simbolismos.


Kenneth Goldsmith dice: “Lo que estamos experimentando por primera vez en la historia es la habilidad del lenguaje de alterar todos los medios, ya sean imágenes, video, música, o texto; se trata de algo que representa una ruptura con la tradición y traza el camino para nuevos usos del lenguaje”.


Volviendo a mi collages, constituyen en sí mismo una obra que se nutre de otras para ser creados (recortes de fotos o dibujos de diversos autores, sellos de goma inventados por alguien, estampillas por otro, y luego todo el ensamble final es producto mío). De igual modo sucede con el libro de Vila-Matas que toma información sobre un montón de escritores, los reúne bajo una misma temática y agrega su propia creación al agruparlos y unirlos a través de una novela como formato.


Si se trata simplemente de cortar y pegar la totalidad de Internet en un documento Word, entonces lo importante es lo que tú, autor, elijas. El éxito se encuentra en saber qué incluir y, más importante todavía, qué excluir. Si toda instancia de lenguaje puede transformarse en poesía con solo recontextualizarla, entonces quien recontextualice palabras de la forma más rica y conveniente será juzgado como el mejor”, explica Goldsmith.


Y es ahí mismo donde reside la impronta y singularidad de cada uno, constantemente tomamos elementos, ideas, imágenes, en fin, creaciones de otros pero lejos de ser plagio, al pasarlos por el tamiz de nuestro sentir personal y transformarlo en otra cosa, es que le agregamos el elemento propio del cual jamás habrán dos réplicas iguales.



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