• Fiorella Levin

Por contraste

Actualizado: may 22



Esta era la noche que vendría mi sobrino a dormir a casa por primera vez. ¿cuándo hacemos pijamada, tía?, me había preguntado el mocoso y yo feliz de semejante plan con el bajito. Pero no pudo ser y al menos por los siguientes diez días, tampoco será. Todavía escucho el megáfono del colegio de al lado de mi casa llamando a los chicos por su apellido mientras sus padres los buscan. Hoy las bocinas de los autos no pararon de sonar en todo el día. Los nervios de la gente se sienten en el aire, ayer anunciaron las nuevas -antiguas- medidas restrictivas que traen todo el mal sabor del año pasado, cuando atravesamos esa fase uno tan extraña y dura. La tensión está en el aire y es casi palpable.


Leí una frase que me recordó a uno de mis miedos lectores. Decía algo así como que si estás demasiado concentrado en un objetivo o muy enfocado en cumplirlo puede que olvides del disfrute del mientras tanto y si es el caso, entonces es hora de repensar el objetivo. Relacioné la frase con mi objetivo de leer al menos setenta libros en el año, algo menos de lo que leí el pasado 2020, ya que este, asumo, va a ser un año similar y si bien no busco superar ese número (que me parece altísimo) me conformo con igualarlo. Vengo bien, de movida llevo leídos algo menos que treinta y ni siquiera estamos a mitad de año. Leí libros cortos y otros largos. Sin importar la temática, hace tiempo que los marco, primero lo hacía con lápiz y con el tiempo, al ver que los usaba como fuente de consulta para escribir, también comencé a marcar frases que me resultan interesantes, ideas, conceptos, etc. Por otro lado, leo al menos dos libros y hasta cuatro en simultáneo, uno queda en la mesa del living, otro en la mesa ratona donde desayuno y otro en la mesita de luz, donde a veces hay dos.


Hace unos años, temía que las historias se mezclaran pero es algo que nunca me pasó y creo que en parte se debe a que cada vez que termino una lectura, selecciono la que sigue con base en dos criterios, el primero y más obvio: aquél por el cual me siento más atraída. Pero si coincide que es una novela de alguna temática similar a otra que tengo en curso, entonces lo dejo para otro momento porque me daría miedo confundir los personajes o los nombres. Porque además no tengo memoria en este sentido, en general capto la esencia de la trama, el mensaje, incluso palabras que me parecieron destacables, pero es muy posible que termine por olvidarme de los nombres porque tampoco los creo relevantes y uno siempre recuerda lo que elige recordar.


Cada vez que termino un libro, lo cierro, anoto en mi planilla la fecha en que lo terminé y automáticamente me doy vuelta y mirando mi biblioteca de frente elijo el próximo, que también lo anoto en la misma planilla, es decir, apenas completo una lectura, agarro otra, no hay impasse. Hace varios años, me tomaba tiempo entre un libro y otro para decantar algún concepto y si bien es cierto que siempre termino asociando lo que leí con algo que veo en la realidad (o al revés, no se que sucede primero), no estoy tan segura de que ese lapso de tiempo muerto sirva para asentar conocimiento o para que decante algo. Confío que el poder de la mente radica en hacer las conexiones cuando lo necesita, de un modo involuntario, inconsciente pero que opera con cierta destreza y un timing excepcional.


Hay algo que me da más miedo. Con esta metodología (terminar un libro y en seguida agarrar otro) sucede que al leer tantos libros hay momentos que me siento como abrumada. No es cansancio, no es aburrimiento por leer, por el contrario cuanto más leo, más ganas tengo de seguir leyendo. Pero me doy cuenta que algo en mi mente se vuelve pesado porque tal vez leo y releo el mismo párrafo un par de veces y no puedo terminar de digerir el concepto, incluso si se trata de un diálogo sencillo. Como si mi mente estuviera dispersa. y el miedo radica en terminar de leer un libro y olvidarme por completo de qué se trataba, me imagino que lo veo estacionado en la biblioteca y lo agarro con sorpresa solo para caer en la cuenta, algunas hojas más adelante, de que ya lo leí. A veces la sensación es que voy tan rápido, devorando letras y párrafos, que olvide qué libro leí hace apenas una semana atrás. Creo que todos los libros dejan condensado una sensación de lo que tratan, un sentimiento, una palabra.


Y fue también a partir de esta lectura voraz que comencé a tener otro miedo más obvio aunque descubrí que era obvio hablando con la gente. Patricio Rago lo menciona en su obra Ejemplares únicos, y es el miedo a perder el sentido de la vista. Pienso en la posibilidad de dejar de ver y me recorre un escalofrío por el cuerpo, no se qué haría si pierdo ese sentido. No puedo ni pensarlo. Y dejando volar mi imaginación temerosa se me ocurre que tal vez aprendería a leer braille pero no se si tendría paciencia para eso, entonces imagino que quizás le pediría a alguien que me lea los libros pero ¿quién haría semejante labor? Se cruza por mi mente una alusión al libro distópico de José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, en el cual el mundo entero pierde este sentido y lo que sucede es aterrador.


Este tipo de miedos son extraños y creo que aparecen en el momento en que valoramos algo tanto, que el solo hecho de pensar que podemos perderlo nos dispara esa locomotora mental, imaginando escenarios espantosos tales como una ceguera. No se por qué sobrevienen estos temores lectores, quizás es la necesidad de contrastar lo bello con su opuesto desagradable para terminar de dimensionar ese valor que le atribuimos y en todo caso reafirma que el disfrute sigue presente, más allá de la cantidad de ejemplares que queden plasmados en mi excel de fin de año.



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