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  • Fiorella Levin

Mundial de escritura - Día 14

Último día de escritura de este Mundial, que no termina hoy porque ahora comienza la etapa de selección de un texto por equipo, el cual competirá contra otros equipos y un jurado va a seleccionar al texto ganador, entre todos los participantes.

Como dije anteriormente, para mí el mundial termina acá, mi objetivo está cumplido y desde mañana seguiré escribiendo siguiendo mis objetivos personales.


El último disparador de escritura es idea de Guadalupe Nettel (México, 1973) es autora de El huésped (2006), Pétalos y otras historias incómodas (2008), El cuerpo en que nací (2011) y Después del invierno (2014, Premio Herralde de Novela). También ha escrito El matrimonio de los peces rojos (2013, Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero). Ha sido traducida a más de diez lenguas. Colabora en periódicos y revistas francesas y españolas, como La Vanguardia, Qué Leer o Letras Libres. Es directora de la Revista de la Universidad de México de la Universidad Nacional Autónoma de México.


La consigna fue bastante sencilla y abierta: "Elegir una foto que te parezca muy elocuente y narrar lo que sucedió antes, durante y después de esa imagen. No hables de la fotografía, solo tomala como punto de partida".


Me resultó muy fácil desarrollar este último disparador, quizás por el hecho de que es un recuerdo y, como fue intenso, lo tengo bien grabado en mi memoria. De cualquier modo, disfruté muchísimo recordando esta experiencia, la previa, el durante, el después. Y aquí sí, doblemente, potenciado porque estaba de viaje, de vacaciones y experimentando lo mejor de todo: la libertad.


2003

Era enero y acababa de romper mi segundo intento de relación con un novio muy querido. Necesitaba estar sola, alejarme un poco. Así, improvisé un viaje de una semana a Varadero, Cuba, sin expectativa alguna.

Un amigo me dijo: -Tenés que tirarte en paracaídas-. Sus palabras quedaron resonando, pero no me tomé ninguna molestia en averiguar hasta que llegué al hotel en mi destino playero. La recepción desbordaba de panfletos con ofertas turísticas entre las que figuraba el salto en paracaídas que me había recomendado mi amigo. Hice algunas preguntas y, sin más vueltas, reservé la actividad.


El lugar era paradisíaco, playas de aguas cálidas y arena blanca, un hotel enorme con todo tipo de entretenimientos - diurnos y nocturnos- a disposición del turista, incluyendo paseos en velero, snorkel, beach volley y la preferida de los gringos: barra libre de alcohol.

El tercer día madrugué, tomé mi desayuno y a la hora acordada me pasaron a buscar en una camioneta blanca con rumbo al aeródromo. Luego de recoger otros pasajeros por varios hoteles, finalmente llegamos. Había sol y hacía bastante calor, no pensé demasiado al decidir qué ponerme; vestía una musculosa blanca, una gastada bermuda cargo marrón y mis fieles ojotas hawaianas negras. Nos hicieron pasar por una sala para firmar un deslinde de responsabilidad mientras, de fondo, una televisión proyectaba imágenes con los riesgos de saltar y motivos para desistir del plan, pero opté por firmar igual y entregarme a la aventura.


Una vez dentro del galpón, me probaron un chaleco naranja, luego un arnés negro lleno de tiras y ganchos y una especie de antiparras transparentes, porque “allá arriba hay mucho viento y vas a ver mejor así”. También me presentaron al instructor que saltaría conmigo, en tándem, como corresponde a los principiantes, quien estaría enganchado a mi cuerpo a través de nuestros arneses. El hombre era casi de mi estatura, ligeramente más alto, morocho y algo rellenito, recuerdo su sonrisa y su hermosa energía. Vestía lo que me pareció un divertido traje de aviador color amarillo, con una especie de alerones de colores a la altura de los brazos y piernas. Mientras me acomodaba el arnés y mirando mis pies me preguntó:

- ¿Trajiste otro calzado?

- Mmm no – contesté, cayendo en la cuenta de mi relajo vacacional ya que, por más obvio que parezca, evidentemente no había pensado en ningún calzado para estar en el aire.

- Vas a tener que subir a la avioneta descalza, estas van a quedar acá, te las damos en tierra – Me dijo, mientras extendía su mano para que le entregue mi inútil calzado.


Así subí a la avioneta, con un chaleco, un arnés y descalza. El espacio era pequeño, había varios instructores, otros turistas debutantes como yo y algunos experimentados que venían a saltar por su cuenta. La nave comenzó a tomar altura y el paisaje se apreciaba en todos los ángulos, hacia el frente por la ventana del piloto y hacia todos los costados. Un coordinador comenzó a dirigir en voz alta el orden para saltar nombrando los hoteles y diciendo el mío primero.

- No, yo no quiero ir primero – alcancé a decir mirando a mi instructor.

- Va por orden- me explicó

- ¿Qué orden? -le pregunté

- Vamos a aterrizar en la playa de tu hotel y el tuyo está primero

Otro dato que no había calculado y me alegró no anticiparme a esas preguntas, aunque en esta particularmente no me gustó la idea de ir primera.


Cuando terminó el ascenso y el avión quedó plano, curioseé hacia afuera otra vez y me morí espantada, por primera vez mirar por la ventana de un avión me producía sentimientos encontrados. Todo era chiquito, la playa era apenas un renglón, los árboles un manchón verde como en un mapa y se apreciaba hasta el contorno de la isla.

Tuve la mala idea de preguntar a qué altura estábamos

- 3.000 metros – dijo alguien.

Dieron la indicación para que me ponga de pie y una vez de espaldas sentí el click de los arneses del traje de mi instructor y el de mi chaleco. El hombre me hablaba, chequeando mi salud mental a cada momento. Me recordó que al momento de saltar debía tener mis brazos hacia adentro, tomando el chaleco, y una vez que él me tocara el hombro, podría extenderlos.


La puerta del avión se abrió y un fotógrafo se ubicó próximo. Ya cerca de la puerta, mi guía me comentó que el salto sería de espaldas, es decir, mirando hacia dentro de la avioneta, lo cual me pareció una locura y vino a mi mente la imagen de un buzo arrojándose al agua. La secuencia pasó muy rápido. Recuerdo mi corazón galopando como un caballo salvaje, la sangre bombeando y también la imagen del instructor parado al borde de la aeronave, con sus pies apenas apoyados y su mano en una manija del lado de afuera. Luego dijo:


- A la cuenta de tres: uno, dos…


Y nunca escuché el tres porque ya estábamos en el aire, alcancé a ver la avioneta continuando su curso y al fotógrafo disparando su cámara mientras nosotros dos caíamos unidos en picada a una velocidad que nunca experimenté en mi vida, sintiendo un pánico potente que irrumpió con fuerza desde el estómago hasta la garganta. Cielo, tierra, cielo, tierra, era la imagen, porque hasta que nos estabilizamos, dimos varias vueltas. Tocó mi hombro, extendí mis brazos y en ese momento, aun en caída libre pero como recostados sobre el aire, ahí comenzó la magia. Sucede que en esa posición la caída libre no se siente como tal, sino que se asemeja a estar flotando. Y lo que vi debajo me pareció la proyección de una película mientras disfrutaba de una sensación de libertad única.


- ¡Soy un pájaro! - grité fuerte

Y solo escuché su risa a mis espaldas.


De a poco los elementos debajo comenzaban a tomar forma y sentí un tirón hacia arriba cuando se abrió el paracaídas. Luego, un paseo hermoso; el aire pegando en mi cara, el mar, la arena y la playa del hotel. Para aterrizar tuve que elevar mis piernas para que el instructor pisara tierra firme primero. Rodamos un poco al tocar la arena y aun cuando nos detuvimos, yo seguía temblando. Se acercaron algunos turistas curiosos que paseaban por ahí y me hicieron preguntas, pero no tenía respuestas, estaba muda. Feliz y muda. Abracé a mi instructor, le agradecí y alguien me acercó un jugo de naranja. Me senté en la arena mirando el mar, tomando el jugo, mientras intentaba procesar todo lo que acababa de vivir. No tenía palabras, solo una explosión de emociones intensas y ese fue el momento en que dimensioné lo que acababa de hacer.


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Cortito y al pie.  

al lado de mi cama.jpg
 

©2020 blog Fiorella Levin
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