FIORELLALEVIN

 
 
  • Fiorella Levin

Mundial de escritura - Día 13

Me encantó! súper original la tarea para el día de hoy. Su creador es Pedro Mairal (Argentina, 1970). Publicó las novelas Una noche con Sabrina (1998), El año del desierto (2005) y Salvatierra (2008); el volumen de cuentos Hoy temprano (2001), y los libros de poesía Tigre como los pájaros (1996) y Consumidor final (2003). En 2013 publicó la novela en sonetos El gran surubí, y El equilibrio, una recopilación de las columnas que escribió durante cinco años para el semanario Perfil. Publicó La uruguaya (2016), Maniobras de evasión (2017) y Pornosonetos (2018). Su obra fue traducida a más de once idiomas.


La divertida consigna es esta:

"Escribir sobre alguien que esta levantando los restos de una fiesta o una reunión que hubo en su casa, puede ser una fiesta grande o chica, una reunión grande o chica. A medida que va levantando los restos y va limpiando platos y demás, va repasando lo que pasó y va entendiendo lo que pasó. No sé si es bueno o malo pero algo pasó en esa reunión que fue significativo para esa persona que está limpiando. Y a medida que pone todo en orden y limpia todos esos restos, desde lo concreto va surgiendo la reunión y va entendiendo lo que pasó. Se puede ir para atrás y para adelante en el tiempo."

Me gusta lo que dijo el escritor hacia el final del video, donde cierra diciendo que "las consignas son disparadores, no son para amordazar sino para liberar ideas".


Tardé un poco en encontrar una idea pero me divertí mucho escribiendo este texto y creo que a mayor motivación y enganche con la consigna, más escribo. Esto es lo que pasó en mi fiesta:


Abrí los ojos con un esfuerzo descomunal, mis párpados pesan dos toneladas cada uno y me duele todo el cuerpo. Estoy echado cual bolsa de papas en el sillón del living y hay una sola palabra para lo que tengo delante: caos. La mesa ratona está atestada de todo tipo de bebidas, mayormente alcohólicas; vodka, gin, gaseosas, treinta o cuarenta latas de cerveza, algunas abolladas y otras enteras, pero todas vacías. Vino tinto, champagne y hasta una de agua que parece un niño perdido entre las de alcohol. Una nube de humo denso quedó colgada a la altura de la mesa del comedor y flota por todo el living, iluminada por los rayos del sol que se cuelan por la ventana. En el otro sillón a mi lado veo restos de comida; papas fritas, maní, ¿qué es eso otro? No alcanzo a ver. En un gesto automático, busco ver la hora en el reloj de mi muñeca izquierda pero no lo llevo puesto. -Qué raro- pienso, porque no me lo saco ni para bañarme. Alcanzo a mirar el que está colgado en la cocina y marca las 2.40 de la tarde. -Me perdí el picadito- pensé, aunque ayer festejamos mi cumpleaños número 20 y era bastante probable que ocurra.


Mi hermana Noelia me dejó el departamento para poder festejar y sé que si ve este quilombo me mata. Cuando me dispongo a levantarme para ordenar lo que parece Kosovo después de un bombardeo aéreo, observo que tengo en medio de la remera uno de esos papeles post-it amarillos pegado con cinta transparente, que lo atraviesa de lado a lado. Lo arranco y leo “MARTÍN SOS UN PELOTUDO”. Reconozco en seguida la letra de Pía porque cuando está enojada me deja notas apretando la birome y con mayúscula. - ¿Qué hice? - me pregunto mientras intento revivir algún pedazo cuerdo de anoche pero sólo vienen a mi memoria flashes incoherentes de lo que fue el día de ayer.


Me pongo de pie y a la vez repito en voz alta el inventario de momentos que consigo evocar: – A la mañana fuimos con Pía al supermercado, compramos comida y bebidas para la noche; a las nueve cenamos los tres con Noelia y para las once y pico ya estaban los vasos y botellas listas en la mesa; me acuerdo porque “El falso” cayó temprano como siempre, porque le entra al chupi como nadie- dije.


Camino hasta la cocina, que está detonada de líquidos, más latas y botellas abiertas sin tapa, intento ignorar el paisaje y limitarme a agarrar algunas bolsas de consorcio negras. Mientras avanzo percibo que mi cuerpo no parece mío; me siento raro, pesado, cansado y…gordo - ¿gordo? ¿Tanto chupé? ¿qué comí? - Pienso. Pero la memoria no me retruca nada y se va al mazo en silencio.


Se que cerré con llave la habitación de Noelia, solo resta chequear la mía y supongo que el daño ahí dentro no puede ser tan grave. Sonrío aliviado. Solamente un rejunte de más latas, vasos de plástico y muchos cigarrillos, algunos apagados en el borde de la ventana y otras colillas flotando adentro de los vasos con restos de alguna bebida. Abro las ventanas y meto todo lo que encuentro en una bolsa, que se llena velozmente.


De camino al baño, donde asumo que empezará la verdadera tragedia, me topo con el espejo del pasillo y noto algo extraño al pasarlo. Retrocedo y cuando me miro de frente suelto asustado las bolsas que llevaba para seguir juntando porquerías. Lo que veo en el reflejo es mi cara totalmente deformada, tengo los ojos hinchados como si acabara de bajar de un ring de boxeo, mis pómulos, mis párpados y mis orejas tienen un color rosado como paspado, mi cuello duplicó tamaño y ahora, mirándome las manos, noto lo mismo a la altura de los nudillos. - ¿qué mierda es esto? -digo. Ahora ya estoy preocupado, no tanto por lo físico sino porque no tengo idea qué le pasó a mi cuerpo.


Voy corriendo al living, busco el celular en la repisa donde siempre lo dejo y con lo que queda de batería la llamo a Pía pero no contesta. Intento con el del Chapa y está apagado. Mi ansiedad aumenta, pero a esta hora se que el resto de los chicos están jugando el picadito de los domingos y ninguno me va a atender. Decido seguir limpiando porque ahora que mis nervios aumentaron, necesito mantenerme ocupado hasta que alguien me explique qué pasó.


Retomo la misión baño y tal como esperaba es un desmadre, pero me inquieto en serio cuando miro el tacho de basura, que es una montaña de papeles y cosas, y veo una jeringa que parece usada y ahora lo que siento es miedo. Pienso en seguida que ninguno de los chicos se droga, ¿alguna de las chicas? menos. - ¿Qué pasó? ¿qué pasó? ¿qué pasó? - lanzo al aire rápidamente. El olor del baño es una inmundicia, parece el de la cancha después de un partido. Y ya no puedo esperar más, no tolero estas lagunas mentales que no arrojan ninguna conclusión sobre lo que pasó ayer así que intento otra vez llamando al Chapa y esta vez me contesta:


- ¡Qué hacés sapo cumpleañero, alta noche eh! - Y en el instante en que menciona a ese anfibio, que no forma parte de mi apodo; ahí vuelven todos los recuerdos juntos. La semana pasada, en una de las tantas noches de asados con los chicos, Pía tuvo la mala idea de contarles que la única vez que comí yogur por error y me dio alergia, me puse redondo como un sapo. -Nunca vi una persona tan hinchada- les dijo mientras todos se miraban en silencio. Faltaba una semana para mi cumpleaños y era el único que venia invicto en las joditas cumpleañeras de la banda. Los recuerdos de la noche se auto convocaron. No sabían cómo darme el yogur pero estaba tan borracho que lo entré a comer yo solo mientras ellos arengaban “¡sapo! ¡sapo! ¡sapo! ¡sapo!” como si estuviera haciendo un fondo blanco. Después fue solo cuestión de atar cabos: en dos segundos vino la picazón, la hinchazón en todo el cuerpo y después de sus infinitas carcajadas, el Doc sacó una jeringa y me encajó el corticoides salvador. Qué alivio que solo fue una jodita de los chicos.




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Cortito y al pie.  

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©2020 blog Fiorella Levin
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