• Fiorella Levin

Larissa - Día 3


La consigna del tercer día: "Escribir sobre la derrota más grande que hayan tenido. El objetivo no es que suene dramática sino más bien cómica, que puedan tomar distancia de esa situación y narrar con desapego y gracia."


Larissa


Era domingo, 7am. Caminaba por la rambla dándole vueltas al asunto en mi cabeza, repasaba la secuencia de los hechos una y otra vez porque no podía acreditarlos y la conmoción en la que estaba sumido no me dejaba salir de ese pensamiento circular. La había conocido hace poco más de un mes, en el lugar donde íbamos a bailar cada sábado con mis amigos, nuestro respiro semanal en el cual coincidíamos los cinco para pasar un tiempo juntos y conocer mujeres hermosas de las que abundan en estas tierras tropicales. El día que la vi quedé totalmente embelesado por su belleza descomunal, una combinación entre gracia natural y una actitud adquirida producto de la confianza por saberse mirada. Su piel morena resplandecía con las luces nocturnas que la reflejaban, llevaba el cabello ondulado suelto, moreno y largo como sus piernas que confluían en unos tacones, elevándola hacia el cielo como una diosa. La noche que la conocí, busqué su mirada en varias ocasiones pero no parecía registrarme entre la marea de gente que bailaba a nuestro alrededor. Bailaba alegremente con su grupo de amigas, desplegando su personal estilo al sacudir de lado a lado aquél cuerpo voluptuoso y cada tanto caminaba hacia el fondo del salón para conversar con el barman de turno mientras esperaba que le sirva una caipirinha.


Al cabo de un buen rato, cuando terminó de sonar aquella canción, vi que se disponía a acercarse a la barra nuevamente, riendo divertida mientras conversaba con una amiga que caminaba junto a ella. En seguida me puse en marcha en esa dirección, una vez a su lado, llegó hasta mí el olor de su perfume cítrico y también pude ver de cerca sus ojos verdes. Su codo rozó el mío mientras hablaba con la amiga y escuché su nombre fuerte y claro cuando aquella mujer le preguntó “Larissa, você quer outro?” en referencia a su trago vacío.


Esa noche mis amigos bromearon al respecto porque al ver mis movimientos y mi cara de enamorado al seguirla con la mirada, comprendieron que quedé totalmente flechado por Larissa. La semana que siguió conté los días para que fuera sábado y así volver a verla, dispuesto a provocar un nuevo encuentro y, si juntaba coraje, invitarle una caipirinha. Pero aquél sábado Larissa no apareció y no fue sino hasta ayer que volví a verla.


Llegamos temprano, cerca de las diez, la música sonaba tranquila y la vi atravesar la pista de baile, todavía vacía, con un vestido corto plateado, forrado de lentejuelas que potenciaban su brillo estelar, mientras caminaba hacia la mesa donde estaba el resto de su grupo habitual. Cerca de las doce el lugar se llenó y la música cambió de ritmo abruptamente, acompañando a la multitud energizada, dispuesta a otra noche de baile. Comenzó la secuencia en la que Larissa alternaba entre la pista y los tragos de la barra, siempre sola, y pensé que tenía que aprovechar la oportunidad para hablarle antes de que alguna amiga la acompañara en una próxima vuelta. Me armé de valor y en el mismísimo instante que se abrió del grupo, me pegué detrás suyo. Llegamos juntos a la barra y en un impulso de valentía y sin pensarlo le dije lo primero que se me ocurrió en aquel idioma que todavía no dominaba. Giró su cuerpo hacia mí y con una sonrisa amplia y una voz encantadora me dijo que ella también había buceado pero que había mejores lugares para hacerlo que el que le acababa de mencionar. Me preparé para hacer la próxima jugada cuando súbitamente alguien la abrazó desde el otro costado, ella se puso de pie y mirando su espalda supe que estaba presenciando un beso apasionado entre dos personas enamoradas, ella y aquella amiga.