• Fiorella Levin

La media - Día 5

La consigna del día: "elegir un acontecimiento que les haya provocado una emoción muy fuerte en su vida, pero a la hora de escribir reduzcan al mínimo las sensaciones emocionales que esa situación les produjo. Escriban lo que pasó como si fueran testigos lejanos de esa vivencia."


Leí la consigna y me pareció muy aburrida. Para ser honesta, este texto salió despedido de adentro mío, me gustó mucho el ejercicio de disociar la emoción de los datos, sentí las emociones en cada línea pero me gustó poder separarlas de los acontecimientos.




La media


Agosto, un año antes comenzaba el arduo entrenamiento para poder llegar a este momento. Varios de mis compañeros pensaban correrla, algunos como yo por primera vez, otros la usaban como medición para la maratón que sigue un mes después. La cita, 6am en Figueroa Alcorta y Monroe, es de noche. Quedamos en encontrarnos en la esquina de siempre y fuimos caminando hasta la carpa que teníamos asignada y donde se juntaba el resto del equipo. Al ingresar al predio era un mundo de gente, personas elongando, otros corriendo, varios con cara de dormidos. Filas extensas para retirar el chip y el dorsal que habría que ponerse pronto, más cola para ir al baño.


Amanece despacio, dejé una mochila con ropa para cambiarme en un rato, sacamos fotos, hicimos una pequeña entrada en calor y nos dirigimos a la manga ubicándonos de acuerdo a los tiempos de carrera. Dos personas paradas en una tarima hablan por micrófono, explican información sobre el recorrido, animan el espectáculo y cada tanto recuerdan el tiempo faltante para la largada. Quedé sola en medio de la manga, miré el reloj arriba del arco de salida. Diez minutos antes, suena el himno nacional, una bandera gigante con los colores de Argentina se desenrolla desde el arco y hacia atrás, un mar de manos la pasa y cuando llega a mí, quedo atrapada debajo, la miro sobre mi cabeza y pienso en mi país y todo lo que representa hasta que se la llevan otras manos. El reloj marca las cero, largan los corredores que están al frente. Sé que voy a pisar la largada fuera de horario porque me encuentro bastante atrás. Me pongo en marcha, avanzo, al igual que todas las carreras que corrí en el último tiempo, también elegí correr esta sin música. Me enseñaron que es importante para escuchar mi zancada y mi respiración. Y ayuda a estar presente porque no hay canción para evadirnos del amor odio que sucede en este ahora.


Estoy corriendo sobre Libertador, ya pasé el zoológico y estoy llegando a Coronel Diaz. El sol salió y se eleva, está fresco pero entré en calor. Barrio Norte se hace Recoleta y a mi derecha, cerca del museo de Bellas Artes, veo y escucho a la primera banda en vivo que anima a los corredores desde un escenario improvisado. Una sonrisa se dibuja en mi cara, si alguien me está mirando, puede ver todos mis dientes. Libertador es una avenida larga pero pasa pronto, adrenalina y paciencia me permiten avanzar. Llegué al primer tramo duro, la subida de Carlos Pellegrini. Delante mío hay un hombre oriental de mediana edad, noto que la subida le resulta trabajosa. Entrenando comprendí que hacer cuestas es parte fundamental para tener fuerza en subidas como esta. Siento el desgaste pero arribo a terreno plano sin impedimentos, todavía queda la peor subida. Aliento al señor a medida que lo adelanto, se lo que siente por dentro, todos lo sabemos. Ya puedo ver el Obelisco, inmenso e imponente como siempre y ahora además rodeado de una segunda banda de música que canta a viva voz, alrededor de ellos hay peatones que tal vez salieron este domingo de sus casas para comprar el diario o un café y aprovechan para vociferar unas palabras de ánimo a quienes pasamos fugazmente por ahí. Curva en Diagonal Norte, miro a mis costados, hay gente que ya está muy cansada. Algunos caminan pero lo hacen en la dirección en que vamos todos, significa que piensan seguir y me agrada saberlo. Veo la Casa Rosada, el sol ya empieza a calentar la atmósfera aunque sale humo por mi boca. La caravana dobla en Av. de Mayo, mis pies perciben que el terreno cambia, llegamos a 9 de Julio y doblamos en dirección al Norte. Advierto cerca un puesto de hidratación donde voy a aceptar una botella de agua mientras sigo corriendo. La sostengo sin abrirla porque primero quiero comer algunas gomitas de azúcar para reponer energía, luego tomo unos sorbos y lanzo la botella hacia el costado. Escucho la estampida de piernas y el estruendo de las botellas al rebotar contra el cordón. Empieza el tramo difícil, la Autopista Illia que cuando termine la carrera voy a apodar la cuesta eterna, es un subibaja de ondulaciones totalmente imperceptible cuando uno la atraviesa arriba de en auto pero ahora estoy muy cerca del piso y mis rodillas la absorben entera. Bajamos completando el kilómetro diecisiete, la calle desemboca en una curva que desconozco y que en un rulo nos devuelve hacia el Planetario donde luego de un viaducto, nos espera otro puesto de hidratación y bananas. El asfalto se vuelve peligroso, repleto de cáscaras que arrojan los corredores al pasar. Solo agarro lo que será mi último sorbo líquido hasta el arco de llegada. Retomamos Alcorta, una última banda suena antes del puente. Estoy cansada pero solo pienso en ese arco de llegada y en mis seres queridos que están ahí para alentarme. El sol ya está en lo alto y ahora lo siento fuerte, cruzo Pampa y se que me quedan apenas metros que se hacen eternos. De pronto escucho un “dale Fiore!” que viene del costado, son ellas, dos amigas que me vieron, una filma y las dos gritan como locas. Sonrío y aprieto el paso. Doscientos metros y llegan las voces más esperadas, papá y mamá, ella con un paraguas rojo que llevó para que la identifique, me gritan fuerte “dale hija, dale, vos podés, ya estas”. Siento la cara húmeda por las lágrimas que bajan por mis mejillas pero verlos a ellos intensifica mis pasos, estoy agotada pero el arco se hace cada vez más grande y se que estoy muy cerca. Cincuenta metros, los más difíciles, último esfuerzo, voy al máximo. Llego, piso la chapa, atravieso el arco, detengo mi reloj y por primera vez en una hora y diez minutos, camino. Alguien que no conozco coloca en mi cuello una medalla y me felicita. Miro al cielo y digo gracias.