• Fiorella Levin

Conectando en la vida real

Conozco gente de muchos ámbitos porque hice y hago muchas cosas. Amigas que conozco de cuando iba a la colonia en Pilar, de viajes, otros que me quedaron del colegio, también de la primer carrera que estudié (Marketing), de la segunda que cursé a distancia (Martillero Público), de la certificación como Coach Ontológico, de un Programa de Innovación. La gente de mi querido running team de Megatlón, del gimnasio, personas que conocí en eventos o en la vida. Como supongo que nos pasa a todos, interactuamos con otros constantemente y asimismo dejamos atrás personas con quienes ya no tenemos afinidad o simplemente el vínculo se debilita y dejamos de hablar. Y con los que siguen en nuestras vidas, nos vemos más o menos seguido, dependiendo del momento en el que se encuentre cada uno y de la vorágine diaria que tantas veces nos atrapa.


Últimamente me veo mucho con las chicas del running team, en donde hay un grupo que se encuentra en una situación similar a la mía, mujeres de entre 30 y 40 años, trabajadoras, independientes, solteras y sin hijos, con quienes además compartimos intereses como el deporte o la lectura. También hablo bastante con otras amigas que si bien están solteras, ya pasaron por un matrimonio (y uno o más divorcios) y tienen hijos. Conversando con todas ellas, se repite un patrón con frecuencia, la dificultad para relacionarnos con los hombres.


Es una obviedad decir que con el auge de la tecnología cambió el modo de vincularnos pero incluso antes de la pandemia donde fueron furor, las aplicaciones como Tinder, Happn, Bumble, Inner y otras dejaron de ser un medio confiable para conocer una persona porque a pesar de contar con varios matches o coincidencias de atracción, cuando buscamos salir de lo virtual y generar el encuentro en persona, la mayoría de las veces esto no solo no sucede sino que, además, las conversaciones se diluyen velozmente. Conversando con hombres al respecto, comprobé que esto también les sucede a ellos, es decir, no es solamente un tema que nos pasa a las mujeres únicamente.


De primera mano, en otras charlas con amigos y conocidos, y consultando otras fuentes, confirmé una primer hipótesis: lo que antes se hacía en una aplicación se trasladó a las redes sociales (especialmente Instagram y Facebook) donde podemos conocer mucho más de una persona, enviarle un mensaje y empezar una conversación. Los que contamos con una cuenta en cualquiera de estas redes, contamos con la posibilidad de subir la cantidad de fotos que gustemos, usualmente nos mostramos haciendo lo que nos gusta (un deporte, nuestros intereses, cursos, pasatiempos, salidas con amigos o familia), también dejamos entrever explícita o implícitamente nuestras posturas u opiniones de índole múltiple -políticas, sociales, ambientales, etc- y esto contribuye a que aquello que posteamos sea una muestra bastante más auténtica sobre la persona, donde abundan situaciones cotidianas de la vida y donde no existe una preselección de lo mejorcito que tenemos y que mostramos en las aplicaciones de citas con el objetivo de atraer a alguien, al menos este no es el principal objetivo cuando abrimos una cuenta en estas redes sociales.


Estas mismas aplicaciones de citas también fueron creciendo en abundancia y modificando las funcionalidades, por ejemplo recientemente me enteré de esta aplicación para conocer gente dibujando. Y aunque se sigan multiplicando y los desarrolladores agreguen features que nos permitan conectar online, lo cierto es que todas las aplicaciones de citas y las redes sociales pertenecen al mundo digital, a ese abismo paralelo donde hay vida sin haberla.


En un principio, estaba convencida que existía una cuestión numérica en la cual jugábamos con clara desventaja porque en algún momento que no recuerdo escuché o leí que por cada hombre en el mundo hay tres mujeres pero cuando recurrí a las fuentes que explican los números en el mundo (donde, de hecho, sucede lo opuesto) y también a los números en Argentina encontré que el porcentaje de hombres y mujeres en relación a la población total está bastante equilibrado y las mujeres apenas los superamos en cantidad en nuestro país. Es decir, no es una cuestión numérica. Pero entonces surge la pregunta:


¿qué sucede que hoy existe este una dificultad para relacionarnos entre hombres y mujeres?

Hablando con algunas de mis amigas acerca de esto, recordamos esa época, posiblemente en el colegio, en la cual el chico que nos gustaba primero tenía que animarse a pedirnos el teléfono, después a llamar a nuestra casa -o sea, la de nuestra familia- donde posiblemente quien descolgaba el aparato de línea (no había celulares, desde ya) era mamá o papá y el interesado pedía por nosotras casi temblando. Nosotras las mujeres o ellos los hombres, sin importar quien avanzaba primero, lo que estaba implícito pero era fundamental es que se necesitaba coraje y valentía para conocer a alguien, y pienso que este es el problema actual. Mandar mensajes, poner un like, responder a una historia de Instagram es fácil y es rápido. Así se puede empezar, pero si eso se convierte en un jueguito creo que se torna hasta tóxico si nos interesa la persona que está del otro lado, a quien muchas veces ya conocemos personalmente pero que por algún motivo cuando la vemos, no intercambiamos ni un saludo.


La tecnología tiene acá también su lado negativo porque surgieron muchos problemas a raíz de conectar desde lo virtual, el ghosting, el afán por las cosas rápidas, el maltrato o el bullying, la impaciencia, la intolerancia... pienso que nunca dejamos de ser nosotros mismos de forma virtual, de hecho es posible que potenciemos nuestro carácter por estas mismas condiciones, si soy agresivo en la vida cotidiana, en internet posiblemente lo sea más porque no tengo que mirar a nadie a los ojos.


Entonces para mí se trata de ser valientes. Y no me refiero a pedir el número de teléfono sino a todo eso que se torna más difícil cuando tenemos a otro delante nuestro, cuando ya invitamos o nos invitaron a salir y toca exponernos, mostrar nuestro lado tierno y nuestro lado vulnerable. Invitar a alguien sin importar si se trata de tomar un café o de cenar y estando ahí, sostener la tensión por no saber qué le pasa al otro o incluso, ser rechazados si ese mismo otro no parece tener más interés en nosotros. Valentía es interesarnos genuinamente por el mundo del otro y hacérselo saber. Qué ironía que contando con tantos recursos -y cada vez más- relacionarnos se haya vuelto un tema tan complejo y encontrar alguien con quien conectar en la vida real, un hecho excepcional.



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