• Fiorella Levin

Ayer ganamos

Anoche salí con dos amigas. Armar planes nocturnos en medio de una pandemia es por momentos complicado y a mi gusto se vuelve un poco rutinario porque hay que reservar casi en cualquier lado y los horarios son muy limitados. Si se trata de una cena casi que requiere un itinerario: llegar en el turno estipulado, escanear el menú con el código QR, ordenar la comida, comer, conversar, pagar, y hacer todo eso en 2hs. Para el caso de un bar, funciona de modo similar con la diferencia que se reserva en un determinado horario y como máximo podemos retirarnos a las 2am, sin excepción. Incluso hay lugares que luego de cierta hora ya no se puede ingresar o los peores, aquellos que directamente no toman reserva y se manejan por orden de llegada. Todo esto genera que falta espontaneidad a la hora de salir, esa que se hace presente en las noches donde, por algún motivo, decidimos cambiar de plan y terminamos yendo a otro lado, o comiendo otro tipo de comida o con otras personas. No hay caso, en este contexto es necesario planificar bastante.


Decía que ayer salí con dos amigas y lo hicimos con una reserva previa, la idea era cenar tarde y quedarnos ahí mismo tomando algo, el lugar era un bar que servía algunos platos sencillos para comer. A las 22.30hs entramos por una puerta oscura, que daba a un amplio salón lleno de sillones con mesas vacías, luces rojas y ese olor a humo de cigarrillo que queda en el aire después del encierro y que me recuerda al olor que me quedaba en el pelo cuando era adolescente y volvía de bailar en algún boliche. Una chica nos fue guiando por esta sala y luego por un pasillo que desembocaba en un patio bastante grande, lleno de sillones y baúles que oficiaban de mesitas bajas y hacia los costados, barriles redondos con banquetas altas. Cuando entramos, mis pies pisaron algo blando, el piso estaba recubierto de arena y las paredes eran de ladrillo con plantas y enredaderas que brotaban desde los huecos. El cielo se veía parcialmente porque habían puesto una especie de redes con agujeros grandes que le daban un toque especial y se podían ver algunas estrellas en el cielo diáfano que nos regalaba la noche. La escena estaba coronada por un DJ que parecía muy animado y una buena cantidad de gente disfrutando de sus conversaciones con un trago en la mano.

Muy relajadas, escuchando buena música de fondo, pedimos bebidas y algunos platos de comida para compartir. Coincidimos que si bien este tipo de salidas por momentos se vuelven repetitivas y un poco predecibles, no deja de ser agradable poder compartir un momento con otras personas que no conocemos, ver gente, como decimos. La noche fue avanzando, nosotras reíamos absortas en nuestra charla, cenamos muy rico y disfrutamos de la selección musical del DJ.


Cerca de la 1am y de forma inesperada, alguien bajo las luces y quedamos casi a oscuras, alumbrados por unas pocas lamparitas tenues suspendidas hacia los costados del patio y de aquella que provenía del espacio asignado al DJ. El ritmo de la música se tornó más movido y el hombre al mando no dudó en subirle varios grados de potencia. La gente comenzó a mirar en todas las direcciones porque no quedaba claro lo que iba a suceder. Entonces, en una secuencia espontánea, algunas personas se acercaron delante de la cabina del DJ e improvisaron una pista de baile en el espacio que quedaba entre las mesas y él, y se pusieron a bailar. En seguida quise pararme y así lo hice, moviendo mi cuerpo al costado de nuestra mesa hasta que, luego de mirar la hora y ver que restaba poco tiempo hasta el cierre del lugar, las tres comprendimos que si no aprovechábamos este momento, no habría otro. Nos pusimos nuestras carteras al hombro y nos sumamos al espacio más cercano que encontramos, porque a esa altura casi todos estábamos de pie bailando en algún hueco entre mesa y mesa.


Solté toda esa energía que me pedía salir, no recuerdo todavía cuándo fue la última vez que fui a bailar, porque incluso antes de la pandemia ya había dejado de ir a bailar. Sentí otra libertad ganada, un pequeño momento de éxtasis en medio de un país que aunque por momentos no lo parezca, sigue atravesando una pandemia. Y sentí que esta también fue otra pequeña victoria, compartir un momento de euforia con completos desconocidos, en un acto tan simple como bailar y escuchar música, me dejo sonriente por el resto de la noche y con esa alegría de reconocerme humana, donde a veces sin hablar nos entendemos con los otros porque sencillamente todos estamos sintiendo lo mismo.


Yo en el baño con luces rojas, registrando el momento



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