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  • Fiorella Levin

Algo debo estar haciendo mal

Actualizado: feb 21

Estoy intentando atornillar la pata de una silla nueva que compré recientemente y por algún motivo que aún no comprendo, la arandela que viene para que encastre no me lo permite. Mientras intento desentrañar el sistema, pienso qué puede ser lo que estoy haciendo mal, y automáticamente vienen frescos los recuerdos de la cantidad de veces que repetí esta misma expresión, en otros contextos, claro.


Uno de ellos, cerca de mis veinte años, cuando trabajé en dos compañías multinacionales, a las que no encontré forma de adaptarme. Tuve mis primeros empleos en pequeñas o medianas empresas en las que no le encontraba sentido a nada de lo que hacía. Luego, cuando me contrataron de la primera empresa grande, creí que la historia sería distinta porque para mi implicaba subir otro nivel, sospechaba que los beneficios serían mejores, que ahora sí aprendería en serio porque además se trataban de trabajos relacionados con la carrera que estudiaba entonces. Mi sorpresa fue grande cuando, luego del segundo intento, observé que definitivamente no me sentía cómoda, mi manera de pensar no se amoldaba en absoluto con la del resto, y en palabras actuales de un especialista en Recursos Humanos, no hacía fit cultural. En aquella ocasión, lo viví como si fuera una de esas piezas del juego tetris con forma de "T" (o peor aún, esa que parece una "S" rara acostada) intentando corresponder con una fila donde sólo entra un palito recto.


Contemplé a mis pares y concluí que, más allá de los problemas habituales que existen en todo trabajo, ninguno se sentía tan ajeno a ese entorno como sí me ocurría a mí. Y fue natural y lógico pensar que la distinta era yo y que, por el mismo motivo, estaba haciendo algo mal porque no logré acostumbrarme a nada de ese mundo: ni a los horarios, ni a hacer las cosas como me indicaba un jefe, ni a presentar un certificado médico para sentirme tranquila las pocas veces que me engripé o incluso, como ví que mucha gente hacía, a abusar de lo que se pedía del menú en oportunidad de algún almuerzo de equipo porque "igualmente, paga la empresa".

En otro aspecto, también soñaba hace tiempo con enamorarme profundamente como me pasó en el colegio secundario cuando era adolescente, vivir un amor intenso y apasionado. Tuve un período de muchos- muchísimos- años en los que no logré conectar con eso que quería sentir. La pasé muy bien, (¿para qué negarlo?), pero después de un tiempo, también le llegó el turno a la misma pregunta: "¿qué estoy haciendo mal?". En mis momentos de mayor duda incluso pedía pistas al universo, ofreciendo toda la voluntad de mi parte para que me muestre "eso" que todavía yo no veía o que no terminaba de aprender, porque claro, algo había seguro y la culpa de no verlo era mía.


Es real que el tiempo trae aprendizajes y pienso que cuando uno se mantiene permeable y lo suficientemente flexible, puede ver. En primer lugar entendí que estaba asignando un significado totalmente errado a las situaciones al omitir mi propia singularidad en la cuestión; eso significa que, en el caso del trabajo, no pude adaptarme a hacerlo en relación de dependencia porque, tal como comprobé mas adelante, mi modo de hacer las cosas se correspondía más con un empleo de forma independiente. Y la forma (dependencia o independencia) lo que está bien o mal; no hay bien ni mal, simplemente, yo me sentí a gusto cuando inventé mi manera de trabajar. En ese mundo, conocí gente que, a la inversa mía, creyó que el trabajo independiente era la mejor elección laboral y luego de probarla, se dieron cuenta que no elegían esa manera de trabajar. Y es totalmente válido.


Y en cuanto a estar en pareja, yo no quería un novio, deseaba estar profundamente enamorada; conseguir un novio era muy fácil, sentir todo eso que yo anhelaba no. En ambos ejemplos -y hoy lo agradezco- me mantuve fiel a lo que sentí, aunque no lo comprendí en el momento y el costo fue lidiar con la frustración a fuerza de prueba error, aunque es la única manera que conozco de hacer las cosas, corregir sobre la marcha lo que hace falta porque uno no nace sabiendo y menos aún, conociéndose. El agotamiento mental y emocional fue elevado, intentando comprender cuál sería la falla, con la sensación de esforzarme sin obtener resultados.


Otro aprendizaje guarda relación con el tiempo en que suceden las cosas. Vengo de una familia muy hacedora, me enseñaron desde que recuerdo la importancia de moverme para generar cosas. Pero existe una delgada línea, un punto de equilibro que no puedo explicar pero que una y otra vez percibo, que tiene que ver con hacer hasta donde podemos y luego dejar que la vida se encargue del resto. Es difuso e impreciso, pero en incontables situaciones me esforcé en obrar, en probar diversas vías y aún así no pude enlazar con el paso siguiente. Fue el tiempo de la vida lo que, en ultima instancia, determinó cuándo era el momento apropiado.


Entender y aceptar que no hacemos las cosas mal; sacarnos esa presión innecesaria es beneficioso porque posibilita que fluya el curso de las cosas. A veces llevan más tiempo y otras sencillamente es porque el sendero era otro distinto, pero lo que es garantizado, es que el tránsito hacia ahí puede ser pacífico o frustrante, y eso sí depende en gran parte del modo en que nosotros decidamos ver la situación.


Ah y la silla, al final era solo cuestión de enroscarla.



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Cortito y al pie.  

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©2020 blog Fiorella Levin
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