• Fiorella Levin

3.45pm- Día 6

Después de dos días seguidos de consignas que no me gustaron, al fin amé la consigna del día de hoy que además, está explicada de un modo hermoso, va el video:



Entonces, alguien se dirige con prisa a un lugar, pero algo imprevisto sucede en el camino y tiene que frenar y esperar contra su voluntad. Y en esa espera algo captura toda su atención. Se abre la posibilidad de un desvío y no sabemos si el protagonista va a llegar a destino o no.


3.45pm


Miré mi reloj y luego de confirmarle a la secretaria que en media hora podría estar ahí, colgué el teléfono, me di una última mirada en el espejo colgado detrás de la puerta de la habitación, agarré las llaves de la mesa y salí de casa a toda velocidad. Me habían adelantado que la reunión sería hoy pero que el horario quedaba en suspenso porque el director de la compañía tenía una agenda ocupada y los siguientes dos días tendría lugar el congreso para el cual había viajado específicamente hasta Bruselas. Habíamos mantenido varias conversaciones telefónicas en los últimos tres meses y esta era mi oportunidad de conocerlo personalmente, causarle una buena impresión y tentarlo con el discurso que ya tenía previsto para que me lleve a trabajar con él a Basilea, sede principal de la compañía y donde trabajaban los principales directivos de la misma.


Caminé rápidamente las cuatro cuadras que separan mi casa y la boca de subte más cercana, repasé dos veces mi discurso en voz alta, poniendo énfasis en las palabras “strategies” y “semester” que sabía eran de su preferencia, porque había que ir a los facts, siempre a los facts, como decía él. Una vez en la plataforma, el reloj de la estación marcaba las tres y veinte. Tras un profundo suspiro, aminoré la velocidad para tranquilizarme, de todas formas sabía que me sobraba tiempo y que llegaría en veinte minutos si todo salía bien. La pantalla indicaba que la próxima formación llegaría en un minuto y en seguida una breve brisa confirmó que el tren estaba próximo al arribo. Frenó delante mío, y subí como siempre en el último vagón que iba a parar en la salida más cercana una vez en destino. El tren arrancó y encontré un asiento al lado de la puerta. Un hombre elegante llevaba un sombrero en su cabeza calva y acompañaba el paso con un bastón de madera, atravesó el vagón de una punta a la otra y quedó detenido delante de la puerta. Una madre y su pequeña hija Elise bajaron riéndose en la segunda parada. Por la puerta del fondo subió un joven con auriculares inmensos, vestía una campera negra inflada y unos jeans rotos, parecía estar totalmente sumido en aquel mundo de sonidos, ignorando lo que sucedía a su alrededor.


Una voz femenina avisó por altoparlante que el tren ahora se dirigía a la estación Simonis, donde debía bajar. Me puse de pie y contemplando mi reflejo en la ventana de la puerta, sentí mi cuerpo acelerarse otra vez, mi corazón se agitó con fuerza y una ráfaga de energía me recorrió de pies a cabeza. Las puertas se abrieron, salí de la plataforma y tomé la escalera mecánica para descender al nivel de la calle. Una vez fuera, el aroma del parque me golpeó de frente, caminé por la avenida y a lo lejos vi aparecer la cúpula verde de la Basílica del Sagrado Corazón contrastando con el cielo azul. Miré el reloj, tres y treinta y dos minutos, aún tenía algo más de diez minutos para recorrer la cuadra y media que resta hasta llegar a las oficinas de la empresa. Me sobraba el tiempo pero tenía tanta energía que no conseguía ir más lento. Crucé la calle en la esquina y cuando llegué al otro lado mi pie derecho se enredó con algo que me hizo tropezar. Al bajar la vista mis ojos encontraron un zorro de juguete del tamaño de mi mano y de forma instintiva me agaché para agarrarlo. Apenas lo tomé en mis manos sentí su pelo suave y una catarata de imágenes invadió la pantalla de mi mente a la par de todos mis sentidos; el olor del bosque, el ruido del agua bajando por el río, el verde intenso del pasto donde estaba sentada, el reflejo brillante del sol en el agua. Su cálida voz pidiéndome aquello con una sonrisa infinita. Alguien tocó mi hombro y repitió algo que no alcancé a entender, mi vista quedó detenida en el zorro y ya no pude seguir.